viernes, 24 de marzo de 2017

Aníbal cruza los Alpes

Corría el 219 ac. cuando Aníbal, nombrado comandante en jefe del ejército cartaginés pese a contar apenas con 25 años, atravesaba las murallas de Arse, parcialmente destruida y quemada.

Aquello lo enfureció. Había sacrificado mucho tiempo y hombres, recursos muy preciados, para tan escaso botín; pero no era un hombre que mostrara fácilmente sus emociones, por lo que se contuvo.
La población local, al no recibir la ayuda de Roma, se negó a rendirse y decidió entregarse a las llamas antes de ver cómo el ejército cartaginés cruzaba sus puertas.


- Bueno, no todo es malo. - se dijo Aníbal - Reconstruiremos y repoblaremos la cuidad, para gloria de la república de Cartago

Le había costado 8 meses de asedio conseguirlo, pero la localización de Arse era un punto estratégico dentro de sus planes para la península ibérica, que se encontraban ya en un estado muy avanzado: durante los dos últimos años había asaltado Helmántica y Arbocala, y había arrebatado Althia a los Olcades, llevando el dominio cartaginés hasta las orillas del Tajo. 

Tomando Arse sabía que enfurecería a su principal rival por el dominio del Mediterráneo. Roma, ya había advertido a Cartago de que Arse (Saguntum, para ellos) estaba considerado un protectorado romano, aún estando dentro del territorio de la república norafricana.

Su lugarteniente, a su izquierda, lo miraba de soslayo, con el gesto de quien quiere hablar pero no está seguro de que sus palabras vayan a ser bien recibidas. Aníbal se percató y se giró hacia él, mirándolo directamente, con ojos fríos, a la espera. Pasados unos segundos, viendo que no arrancaba, y sin cambiar de expresión, le dijo - Habla

- Mi comandante, esto despertará la ira de Roma. Si me lo permitís, deberíamos informar de la toma de Arse, enviando emisarios a Cartago y prepararnos para la defensa de los territorios de la república. Puede que el gobierno de la ciudad incluso esté furioso por esta conquista. Los romanos exigirán vuestra cabeza, y puede que Cartago quiera dársela. - apostilló.

Aníbal, mientras escuchaba, ni había pestañeado. Su mirada permanecía fría, y su rostro no era el de alguien que inspirase miedo. Pero lo conocía bien y sabía a ciencia cierta que le hablaba a un hombre temible. Empezaba a preguntarse, contemplando la impasible expresión del general, si debía haberse guardado esas palabras para otros oídos.

Y entonces Aníbal sonrió. Fue una sonrisa efímera, de soslayo. Tan solo una mueca. El soldado arqueó las cejas sorprendido, para entonces ya estaba cubierto en sudor frío, pero empezaba a pensar que tal vez no había de arrepentirse de sus palabras.

Entonces, el comandante se giró y se acercó a unos tablones en llamas, probablemente parte del tejado de madera de la estructura contigua, que se encontraba ardiendo ya en rescoldos.

Se paró delante de la pequeña hoguera, mirando directamente al fuego, y se agachó. Se podían ver las llamas reflejadas en sus ojos brillantes, fieros (aún conservaba ambos, aunque en los meses siguientes una infección le llevaría a perder el derecho), y en ese momento, levanto la vista y la volvió a poner en su interlocutor.


El lugarteniente se quedo callado. La amenaza lanzada por Aníbal resonaba en su cabeza. Había sonado suave, como un silbido, pero sólida como el cuerpo de una falcata. Aún tentando a la suerte, y tragando previamente, se atrevió a volver a hablar 

- Al menos a poco que pase ya será Invierno. Con el frío, todo va más despacio y podremos prepararnos.

Aníbal miró de nuevo las ascuas y volvió a sonreír, con la misma intensidad que antes pero durante más tiempo, de hecho no dejo de hacerlo.

Pero esta vez, no dijo nada.

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